martes, 22 de noviembre de 2016

El lord protector y el barón




En los primeros capítulos de "Mercurita la aprendiz de hada", hay una escena que añadí de un hecho histórico real, de mediados del sglo XVII. Pero empecemos desde el principio.
En la bajo medieval Neuria, la región de Tierra Yrena en la que nació Mercurita, hubo una invasión en el año 2.159. La protagonizaron unos jinetes nómadas, a los que llamaban "loitinos" que recordarían en mucho a los indios del Oeste americano. Uno de esos jinetes se enamoró de una mujer llamada "Línan". Ella pareció corresponderse con él. El joven guerrero no hablaba bien el "daiko", que era el idioma de la región de Neuria, pero sus intenciones parecían claras; casarse con ella.
A Línan le parecía demasiado bonito, pero había cosas que ignoraba de los loitinos. Eran muchas tribus que estaban dispersas por las zonas más desérticas y calurosas de Tierra Yrena. Una vieja prostituta muy veterana, que había tenido clientes de todas partes, le quitó sus dudas, y también la ilusión ¿No sabía que los loitinos, con frecuencia, tienen varias esposas? Su prometido tiene tres, pues ese es el número de aros que lleva en cada oreja. Igualmente, son muy machistas e intolerantes; no todos, por fortuna, pero abundan. Igualmente, si llegara a casarse con él, ni se le ocurra pensar que sr quedará en Neuria. Los loitinos se dedican al saqueo, sobre todo, por el suroeste.
Valiosa información, pero ¡Qué lástima no haberla sabido antes! Línan cree estar embarazada. Han pasado varios meses y el guerrero ya ha aprendido un poco el daiko. Línan lo mira, furiosa. El responde, afirmativamente, a las preguntas que a ella le disgustaría conocer. En efecto, tiene tres esposas y no está dispuesto a abandonarlas por ella. Será una más. Tampoco se quedará en Neuria. Línan le habla del emabarazo. El está dispuesto a amntener a su futuro hijo; sus esposas no tendrán problemas en cuidarlo. Línan se niega. No quiere volver a verlo, más. El guerrero le pide, que le permita ver a su hijo cuando nazca. Ella, accede.
No es un hijo, sino una hija. Le pide que la llame "Sania". Línan, accede. La madre de ella, está escandalizada. Debió de abortar. Pocos días después de conocer a su hija, la tribu se va. Ya tiene suficiente botín, y se han recuperado de las heridas. El jefe da por imposible la conquista de las ciudades fortificadas que se le resisten. Ha sufrido muchas bajas y decide levantar el sitio.
¿Qué ha pasado con el barón, Amaxo, señor legítimo de Neuria? Simplemente, se precipitó cuando quiso frenar el ataque loitino. Esos endiablados jinetes levantaron nubes de polvo, confundiendo a sus hombres de armas, a los que espantó con una lluvia de flechas. Amaxo pudo escapar, junto a unos fieles jinetes, y deambula por el norte y este de Tierra Yrena, pidiendo ayuda militar y monetaria para liberar sus tierras. Pero consigue reclutar a pocos mercenarios. La mayoría de ellos prefiere luchar en las filas imperiales o en las rebeldes al imperio, que pagan mejor.
Tras la marcha de los loitinos, llega una banda de forajidos, capitaneada por "Teriko de Hadria". Son solo cuatrocientos hombres, a los que se suman muchos ciudadanos oportunistas. La gente cree que los han enviado los loitinos, pero no es así. El astuto Teriko se aprovecha de la confusión para apoderarse de esas tierras, casi sin lanzar una flecha.
El barón Amaxo reside en le vecina Varana, cuyo conde lo acoge, pero no le entrega la ayuda militar que necesita. Los mercaderes suplican que libere a Neuria de una vez. Los hombres de Teriko les roban la mercancía, pese al compromiso de su jefe, de no hacerlo.
El conde de Varana, mejor observador que el anciano barón, saca sus conclusiones, basándose en los informes que le dan, tanto los enojados mercaderes, como sus espías:
Teriko es un vulgar bandido. No tiene talla de gobernante, ni se esfuerza por serlo. Es un vividor que se emborracha, con frecuencia, acumula tesoros, y con frecuencia protagoniza lamentables espectáculos en las calles, cuando se emborracha.
El tiempo pasa. Teriko lleva cuatro años, como amo y señor de Neuria. Se confirma que le importan un comino los problemas de los habitantes. Un día, una mala noticia llega a oídos del conde. Se rumorea que uno de los subordinados del bandido, un tal "Kastero", quiere destituirlo y ocupar su lugar. Eso alerta al conde. Un gobernante organizado da muchos más problemas que otro, vicioso y borracho. Por ese motivo, se decide a ayudar al barón y le cede a mil quinientos guerreros de su guardia, que junto a los reclutados por Amaxo, suman poco menos de cinco mil. Han cobrado la paga de cinco meses y tienen la moral muy alta. Lo único que le pide es que para compensarle, le mande a todos los prisioneros que pueda, para mandarlos a trabajar en las minas.
El barón ha comprendido la indirecta. Tiene cinco meses para reconquistar sus dominios. Está lleno de espanto. Cree que sus tropas no serán suficientes. También le duele la hipocresía del conde. Cuando le pidió ayuda, le dio largas. Se la ha concedido ahora, solo porque teme que el siguiente gobernante sea un ambicioso que lo pueda poner en aprietos.
Le han aconsejado al barón que ejerza su ataque principal a las llanuras de Imeka. El cuartel general de Kastero está próximo. Se espera que su sentido de la responsabilidad le obligue a presentar batalla. Eso hace. Amaxo se horroriza ante la multitud enemiga que avanza hacia él. Inquieto, observa a sus capitanes, que no parecen asustados, en absoluto. Erko Sagán, un general del conde, le pide autorización a Amaxo, para dirigir el ataque. Este, que no tiene mucha experiencia militar, se la concede.
Entonces ¡Sorpresa! Los soldados que Amaxo consideraba poco fiables, avanzan hacia el enemigo. Las distancias se acortan y el sorprendido barón puede ver que al menos la mitad de los hombres de Kastero son campesinos con herramientas de labranza. No pocos han optado por la retirada. Erko ordena a la caballería avanzar. Los jinetes de Kastero salen a su encuentro. Son más numerosos. Ambas caballerías son distintas. La de Kastero son jinetes con arcos, y la del barón son caballeros con armadura.
Los apuros de los novatos jinetes para disparar flechas a caballo hacen reír a las huestes del barón ¡Bastante trabajo tienen con no caerse al suelo! Algo parecido ocurre con los campesinos que huyen. A Kastero le hubiese gustado tener un ejército mucho más profesional. Pero no es él, el que manda, sino el vividor de su jefe. La pésima organización de su ejército es culpa suya. En vez de reclutar a mercenarios loitinos, ordenó un reclutamiento forzoso, obligando a los nuevos reclutas a luchar como los otros. Pero si bien los loitinos son unos profesionales que practican el manejo del arco, desde su nacimiento, no puede decirse lo mismo de los otros, que apenas llevan unos meses.
La derrota para Kastero es más que evidente. Rodeados por infantería y caballería enemiga, los que no han tenido tiempo de huir, sucumben en su mayor parte. El general ha recibido unas órdenes específicas del conde, que cumplirá, aunque Amaxo le diga lo contrario. En cuanto Kastero es capturado, lo tiran al suelo, sin dejarle siquiera hablar, y es atravesado por multitudes de lanzas y espadas.
Para alivio del militar, el barón Amaxo parece estar de acuerdo. No le gusta negociar con traidores como Kastero. Es mejor que fallezca.
Ese golpe demoledor precipita la caída de Teriko, que apenas tiene tiempo de escapar con unos cuantos partidarios. El barón habría sido magnánimo con él, ya que apenas le ha hecho sombra. Lo único que se reprocha a sí mismo, es haber esparado tanto tiempo para recuperar sus dominios.
Los testigos juran que cuando el barón derrotó a Kastero, dijo con voz enojada:
"¿He esperado cinco años para derrotar a esta chusma numerosa y cobarde, con poco más de cinco mil hombres?"
Llega el día del desfile triunfal. Amaxo se prepara, moralmente, para escuchar silbidos y abucheos. Pero resulta todo lo contrario. Los ciudadanos lo reciben con júbilo. El barón está serio. Sabe que a Teriko lo recibieron de igual manera, lo mismo que al líder loitino, Windalpa ¿Qué clase se súbditos son esos?
Esto último es lo que copié de la anécdota real. Está basada en un desfile que protagonizó, Oliver Cromwell, el vencedor del bando parlamentario de la guerra civil inglesa. La gente lo aplaudía y vitoreaba. Al verlo tan frío, uno de sus subordinados, amigo suyo, se le acercó, y le dijo en voz baja:
-Oliver....La gente os aclama y aplaude como a un héroe.
A lo que el aludido respondió, sin cambiar su actitud:
-Los mismos que habrían aplaudido al verdugo, si hubiésemos sido derrotados, y me hubiese cortado la cabeza en el patíbulo.

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