sábado, 25 de marzo de 2017

La hadita en el desván


  
 El hada Mercurita siempre sintió curiosidad por saber lo que guardaba el oscuro desván de su escuela de magia. Unas alumnas mayores le dijeron que no había nada en especial. Otras, por el contrario, le dijeron que había hechizos de todos colores, pergaminos con recetas mágicas y otras cosas insólitas que despertaban su atención.



   La hadita no descartaba que la mayor parte de lo que le habían dicho fuera mentira. Lo cierto es que para bien o para mal, quería entrar, hubiese lo que hubiese. Apenas llevaba un par de meses en esa escuela y había mucho por conocer. Por supuesto, los profesores prohibían a sus alumnas y alumnos acceder a algunos lugares. Decían que eran sitios privados a los que los niños no podían ir. El desván era uno de ellos.
   Los desvanes siempre llamaron la atención de la alumna. Recuerda que una vez su vecina, días antes de mudarse de piso, permitió a ella y a su madre acceder a su casa para llevarse las cosas que no le interesaban o no podía llevarse. Las guardó en el desván. Ella se llevó poco, porque apenas había objetos de uso infantil, pero quedó encantada. Para ella, cada desván es una puerta de acceso a otro mundo, independiente de su contenido.
   Un sábado por la tarde, aprovechando que la mayoría de sus compañeros internos salieron a pasear por las calles de la ciudad, pensó que sería el momento adecuado para intentar acceder a esa estancia en las que tantas veces había deseado curiosear.
   Sus compañeras más cercanas le preguntaron el motivo por el que no las acompañaba a pasear. Ella les dijo que le dolía la cabeza. Cuando el colegio quedó casi vacío, se aseguró sobre todo, de que el portero no la veía acceder. Este estaba enfadado con ella, debido a su manía de tirar las cáscaras de pipas al suelo, y dificultarle sus labores de limpieza. Ella protestaba ¿Acaso era la única que lo hacía? ¿Por qué no le decía lo misma a sus compañeros?  Por ese motivo, en cuanto se daba la vuelta, la ofendida hadita, le ensuciaba el suelo como represalia.


   Nadie por aquí, nadie por allí. Señaló con el dedo al deteriorado candado, y le aplicó el hechizo “Desbloquear” ¡Listo! Ya podía entrar. Cerró la puerta con cuidado y encendió una vela que traía.

   El espectáculo fue maravilloso para sus ojos. Había tres estanterías llenas de toda clase de objetos. Muchos de ellos eran adornos decorativos usados para decorar el patio de la escuela para celebrar la llegada de un año, o para despedir a los alumnos de un curso finalizado.    
    También había juguetes y objetos diversos. Se preguntaba el motivo por el cual no se los habían llevado. Sí, es cierto que al igual que sus compañeros, las hadas y hados están allí para aprender a hacer el bien a los demás. Pero gente caprichosa la hay en todas partes, y le extraña que las estanterías estuvieran tan llenas. En cuanto al hechizo que lanzó a la cerradura, es de uso muy común, y hasta el alumno más torpe puede usarlo.
   Mercurita se llevó casi media hora toqueteando los objetos y curioseando. Solo la luz de la vela, que se estaba apagando, la hizo volver a la realidad. Bien, ya se había divertido bastante por hoy. Es hora de salir. Otro día continuará.
   No tuvo ninguna dificultad en salir. Menos mal. Cogió el candado y lo volvió a poner en su sitio. Se llevó el trozo de vela que le quedaba, esperó a que se enfriara, y lo guardó en el bolsillo. Vio que los pocos compañeros que estaban en la escuela se dirigían a merendar ¡Buena idea! De jugar le había entrado hambre.




   Al entrar en el comedor se puso a la cola para coger el bocadillos. Se dio cuenta de que la gente la miraba con atención. Eso no le extrañó. Mercurita era muy espabilada, y si podía, se colaría. Igualmente, si la comida era de su agrado, repetía sin pedir permiso. Ya la habían cogido un par de veces, y castigado. Aguantó con indiferencia las miradas de sus compañeros. Ese día no se iba a colar. Pero en cuanto pudiera….
   De pronto, sintió una palmadita en el hombro. Era la directora.
   —Mercurita ¿Te has lavado las manos?
   —Hola, directora. No lo creí conveniente. Las tengo limpias. Además, si me entretengo demasiado, no podré comerme un bocadillo de lo que me guste.
   La docente sujeta una de las manos de Mercurita, y se la pone delante de los ojos.
   —¿Estás segura de que no necesitas lavártelas?
   El hada se asusta ante lo que ve. Las muñecas desprenden un extraño brillo plateado. La directora le señala los zapatos, que brillan también; lo mismo que el vestido y su pelo.

   —Has estado curioseando en el desván ¿Verdad? Hace tiempo, unos alumnos hicieron lo mismo que tú, y rompieron un bote de purpurina plateada. El polvo está por todas partes, y se pega a las paredes, las ropas y al cuerpo. Como el interior está muy oscuro, apenas se nota, hasta que sales fuera. Este domingo te quedarás castigada durante una hora, haciendo tarea, por entrar en un lugar de acceso prohibido. Luego, si te portas bien y me pillas de buen humor, te dejaré ir a dar una vuelta.





   La hadita sonrió con resignación. Admitió que se lo merecía. Lo malo fue que cuando las compañeras llegaron, se burlaron de ella. Pero en su interior, Mercurita pensó que había valido la pena. Una hora haciendo ejercicios de matemáticas, y unas risitas burlonas durante unos pocos minutos eran un precio muy pequeño a pagar por explorar un mundo, hasta entonces desconocido. De hecho, no descartaba entrar otra vez. Pero tendría la precaución de ir al cuarto de baño, nada más salir.       

jueves, 2 de marzo de 2017

El viejo cuadro, visto de cerca

 
El viejo cuadro de la coronación de la reina Denka III, visto de cerca. En su juventud estudió para ser un hada, pero con el paso de los años se portó como una bruja.

viernes, 24 de febrero de 2017

Mercurita y el cuadro viejo



 Portada del libro "Mercurita la taraviesa hada". En la imagen vemos a Mercurita, entrando en un cuarto trastero para ayudar a quitar trastos y hacer una habitación en la que dormirá durante los días que permanezca en esa ciudad.
Al fondo hay un cuadro antiguo en el que sale la reina Denka III, el día de su coronación, a los veinticinco años. Denka lleva un traje de hada, amarillo. A su lado está el escudo heráldico del reino de Lamokia, de color turquesa con cuatro llaves amarillas, simbolizando los reinos fronterizos. En realidad deberían de ser cinco, ya que Taiva se independizó de Darania, hace tiempo. Pero a la reina se le "olvidó" actuaizar el escudo para no tener problemas con el rey de los daranos. Denka aborrece a Mercurita. Teme que contagie su inquieta personalidad a los estudiantes de la magia. Por ese motivo quiere expulsarla. Mercurita lo sabe muy bien. Ya ha tenido problemas por ese motivo. Al ver el viejo cuadro, sonríe, y pide que se lo lleven para no tener pesadillas cuando duerma. 


martes, 22 de noviembre de 2016

El lord protector y el barón




En los primeros capítulos de "Mercurita la aprendiz de hada", hay una escena que añadí de un hecho histórico real, de mediados del sglo XVII. Pero empecemos desde el principio.
En la bajo medieval Neuria, la región de Tierra Yrena en la que nació Mercurita, hubo una invasión en el año 2.159. La protagonizaron unos jinetes nómadas, a los que llamaban "loitinos" que recordarían en mucho a los indios del Oeste americano. Uno de esos jinetes se enamoró de una mujer llamada "Línan". Ella pareció corresponderse con él. El joven guerrero no hablaba bien el "daiko", que era el idioma de la región de Neuria, pero sus intenciones parecían claras; casarse con ella.
A Línan le parecía demasiado bonito, pero había cosas que ignoraba de los loitinos. Eran muchas tribus que estaban dispersas por las zonas más desérticas y calurosas de Tierra Yrena. Una vieja prostituta muy veterana, que había tenido clientes de todas partes, le quitó sus dudas, y también la ilusión ¿No sabía que los loitinos, con frecuencia, tienen varias esposas? Su prometido tiene tres, pues ese es el número de aros que lleva en cada oreja. Igualmente, son muy machistas e intolerantes; no todos, por fortuna, pero abundan. Igualmente, si llegara a casarse con él, ni se le ocurra pensar que sr quedará en Neuria. Los loitinos se dedican al saqueo, sobre todo, por el suroeste.
Valiosa información, pero ¡Qué lástima no haberla sabido antes! Línan cree estar embarazada. Han pasado varios meses y el guerrero ya ha aprendido un poco el daiko. Línan lo mira, furiosa. El responde, afirmativamente, a las preguntas que a ella le disgustaría conocer. En efecto, tiene tres esposas y no está dispuesto a abandonarlas por ella. Será una más. Tampoco se quedará en Neuria. Línan le habla del emabarazo. El está dispuesto a amntener a su futuro hijo; sus esposas no tendrán problemas en cuidarlo. Línan se niega. No quiere volver a verlo, más. El guerrero le pide, que le permita ver a su hijo cuando nazca. Ella, accede.
No es un hijo, sino una hija. Le pide que la llame "Sania". Línan, accede. La madre de ella, está escandalizada. Debió de abortar. Pocos días después de conocer a su hija, la tribu se va. Ya tiene suficiente botín, y se han recuperado de las heridas. El jefe da por imposible la conquista de las ciudades fortificadas que se le resisten. Ha sufrido muchas bajas y decide levantar el sitio.
¿Qué ha pasado con el barón, Amaxo, señor legítimo de Neuria? Simplemente, se precipitó cuando quiso frenar el ataque loitino. Esos endiablados jinetes levantaron nubes de polvo, confundiendo a sus hombres de armas, a los que espantó con una lluvia de flechas. Amaxo pudo escapar, junto a unos fieles jinetes, y deambula por el norte y este de Tierra Yrena, pidiendo ayuda militar y monetaria para liberar sus tierras. Pero consigue reclutar a pocos mercenarios. La mayoría de ellos prefiere luchar en las filas imperiales o en las rebeldes al imperio, que pagan mejor.
Tras la marcha de los loitinos, llega una banda de forajidos, capitaneada por "Teriko de Hadria". Son solo cuatrocientos hombres, a los que se suman muchos ciudadanos oportunistas. La gente cree que los han enviado los loitinos, pero no es así. El astuto Teriko se aprovecha de la confusión para apoderarse de esas tierras, casi sin lanzar una flecha.
El barón Amaxo reside en le vecina Varana, cuyo conde lo acoge, pero no le entrega la ayuda militar que necesita. Los mercaderes suplican que libere a Neuria de una vez. Los hombres de Teriko les roban la mercancía, pese al compromiso de su jefe, de no hacerlo.
El conde de Varana, mejor observador que el anciano barón, saca sus conclusiones, basándose en los informes que le dan, tanto los enojados mercaderes, como sus espías:
Teriko es un vulgar bandido. No tiene talla de gobernante, ni se esfuerza por serlo. Es un vividor que se emborracha, con frecuencia, acumula tesoros, y con frecuencia protagoniza lamentables espectáculos en las calles, cuando se emborracha.
El tiempo pasa. Teriko lleva cuatro años, como amo y señor de Neuria. Se confirma que le importan un comino los problemas de los habitantes. Un día, una mala noticia llega a oídos del conde. Se rumorea que uno de los subordinados del bandido, un tal "Kastero", quiere destituirlo y ocupar su lugar. Eso alerta al conde. Un gobernante organizado da muchos más problemas que otro, vicioso y borracho. Por ese motivo, se decide a ayudar al barón y le cede a mil quinientos guerreros de su guardia, que junto a los reclutados por Amaxo, suman poco menos de cinco mil. Han cobrado la paga de cinco meses y tienen la moral muy alta. Lo único que le pide es que para compensarle, le mande a todos los prisioneros que pueda, para mandarlos a trabajar en las minas.
El barón ha comprendido la indirecta. Tiene cinco meses para reconquistar sus dominios. Está lleno de espanto. Cree que sus tropas no serán suficientes. También le duele la hipocresía del conde. Cuando le pidió ayuda, le dio largas. Se la ha concedido ahora, solo porque teme que el siguiente gobernante sea un ambicioso que lo pueda poner en aprietos.
Le han aconsejado al barón que ejerza su ataque principal a las llanuras de Imeka. El cuartel general de Kastero está próximo. Se espera que su sentido de la responsabilidad le obligue a presentar batalla. Eso hace. Amaxo se horroriza ante la multitud enemiga que avanza hacia él. Inquieto, observa a sus capitanes, que no parecen asustados, en absoluto. Erko Sagán, un general del conde, le pide autorización a Amaxo, para dirigir el ataque. Este, que no tiene mucha experiencia militar, se la concede.
Entonces ¡Sorpresa! Los soldados que Amaxo consideraba poco fiables, avanzan hacia el enemigo. Las distancias se acortan y el sorprendido barón puede ver que al menos la mitad de los hombres de Kastero son campesinos con herramientas de labranza. No pocos han optado por la retirada. Erko ordena a la caballería avanzar. Los jinetes de Kastero salen a su encuentro. Son más numerosos. Ambas caballerías son distintas. La de Kastero son jinetes con arcos, y la del barón son caballeros con armadura.
Los apuros de los novatos jinetes para disparar flechas a caballo hacen reír a las huestes del barón ¡Bastante trabajo tienen con no caerse al suelo! Algo parecido ocurre con los campesinos que huyen. A Kastero le hubiese gustado tener un ejército mucho más profesional. Pero no es él, el que manda, sino el vividor de su jefe. La pésima organización de su ejército es culpa suya. En vez de reclutar a mercenarios loitinos, ordenó un reclutamiento forzoso, obligando a los nuevos reclutas a luchar como los otros. Pero si bien los loitinos son unos profesionales que practican el manejo del arco, desde su nacimiento, no puede decirse lo mismo de los otros, que apenas llevan unos meses.
La derrota para Kastero es más que evidente. Rodeados por infantería y caballería enemiga, los que no han tenido tiempo de huir, sucumben en su mayor parte. El general ha recibido unas órdenes específicas del conde, que cumplirá, aunque Amaxo le diga lo contrario. En cuanto Kastero es capturado, lo tiran al suelo, sin dejarle siquiera hablar, y es atravesado por multitudes de lanzas y espadas.
Para alivio del militar, el barón Amaxo parece estar de acuerdo. No le gusta negociar con traidores como Kastero. Es mejor que fallezca.
Ese golpe demoledor precipita la caída de Teriko, que apenas tiene tiempo de escapar con unos cuantos partidarios. El barón habría sido magnánimo con él, ya que apenas le ha hecho sombra. Lo único que se reprocha a sí mismo, es haber esparado tanto tiempo para recuperar sus dominios.
Los testigos juran que cuando el barón derrotó a Kastero, dijo con voz enojada:
"¿He esperado cinco años para derrotar a esta chusma numerosa y cobarde, con poco más de cinco mil hombres?"
Llega el día del desfile triunfal. Amaxo se prepara, moralmente, para escuchar silbidos y abucheos. Pero resulta todo lo contrario. Los ciudadanos lo reciben con júbilo. El barón está serio. Sabe que a Teriko lo recibieron de igual manera, lo mismo que al líder loitino, Windalpa ¿Qué clase se súbditos son esos?
Esto último es lo que copié de la anécdota real. Está basada en un desfile que protagonizó, Oliver Cromwell, el vencedor del bando parlamentario de la guerra civil inglesa. La gente lo aplaudía y vitoreaba. Al verlo tan frío, uno de sus subordinados, amigo suyo, se le acercó, y le dijo en voz baja:
-Oliver....La gente os aclama y aplaude como a un héroe.
A lo que el aludido respondió, sin cambiar su actitud:
-Los mismos que habrían aplaudido al verdugo, si hubiésemos sido derrotados, y me hubiese cortado la cabeza en el patíbulo.

martes, 9 de agosto de 2016

El principio de un hada





¿Qué puedo decir sobre mi libro, "Mercurita la aprendiz de hada? Su creación la planeé en la primavera del año 2.009. Pero inicialmente iba a ser un contenido muy distinto. De hecho, se llamaría "Los mundos de Kampelina". La protagonista iba a ser una niña conocida en su escuela por su habilidad para el patinaje. Un día, en la salida, se encuentra con una mujer con fama de alocada, que la admira. Le regala un medallón, del que dice es capaz de transportar a su poseedor y sus acompañantes a una tierra medieval. 

Kampelina se pregunta a qué viene eso, y percibe un fuerte olor a vino. Es evidente que su interlocutora ha bebido de más. Por lo tanto, para evitar incidentes, decide darle la razón a todo lo que dice, y aceptar el regalo. Cuando se va, se apresura a contar el suceso a su primo, y a una amiga, que se ríen del suceso. 

Pero con el paso del tiempo, la curiosidad puede más, y deciden pronunciar las palabras mágicas. De inmediato, son trasladados al mundo medieval que la mujer mencionó a Kampelina. 

Los niños, que no esperaban que el hechizo fuese a funcionar, no saben qué hacer. Sus ropas, nada medievales, llaman la atención. No tardan en ser capturados por unos guardias armados de una ciudad, que los llevan para interrogarlos. 

Pero una traviesa niña ha presenciado la escena. No le gusta el trato injusto a los niños. Es el hada Mercurita, que acude en su ayuda. En cuanto la ven, los soldados se enfurecen. Su fama de traviesa es bastante conocida.....

Y a partir de aquí, me replanteé la historia. Mercurita me fascinó más que Kampelina. Le di mucho carisma a la hadita y consideré que merecía ser protagonista de algún libro. Por ese motivo, dejé en el aire a Kampelina y me ocupé de Mercurita. Algún día seguiré con la historia, pero sin la traviesa hada.




martes, 12 de julio de 2016

Llegaron los libros






Hoy llegaron los libros de mis obras, que pedí a la filial de Amazon "Createspace", el dos de julio, hace diez días. Sin embargo, tras el pedido me llegó un mensaje, diciendo que la fecha de llegada era el 22 de agosto. Pero este mediodía me llamaron de Seur. diciendo que había un paquete para mi. Entonces me acordé, que cuando el pedido es numeroso, te dan facilidades en el envío. Les pedí siete Aquí los tengo, esperando ser revisados para posar y ser promocionados, junto con los cuatro que pedí en 2.011, cuyas portadas acabé desechando.

Son: Las aventuras de Star Gordo, un universo de Esperanzas. A su lado, Ochi relatos para pasar un atardecer entretenido. Abajo, la serie "el hada Mercurita", de izquierda a derecha. Mercurita la traviesa hada, Mercurita la aprendiz de hada, Mercurita y sus amigas, Mercurita y los compañeros decepcionante, y Mercurita en los bosques espesos.